El profesional...

León... León... ¡León!

     No podía más, no podía con estas pesadillas. Me lo habían advertido, me advirtieron que no leyera ese libro, me lo advirtieron.
     Los libros de índole humana habían sido, no solo descontinuados, sino sacados del mercado para que ni un alma pudiera abrumarse con su contenido. Y yo no había hecho caso.
     No sabía si era peor el que no fuera un simple libro, si no la novelización de una excelente película de humanos, según su criterio. No podía creerlo, el libro era tan explicito que me negaba a creer que hubiera algo como una película, algo así de fuerte, incluso para ellos. Pero estaba equivocada, la violencia presentada en ese libro era una clara muestra de la verdadera matriz de los humanos, toda esa violencia.
     Tenía la cara mojada por las lágrimas, me sentí como una niña cuando me escuché a mi misma gimotear.            
     No quería que mis cuidadores entraran, no me habían prohibido leer el libro, eso no se hacía entre nosotros, pero eso no significaba que no se preocuparan por mi.
     -Mathilda -era demasiado tarde, mi cuidadora estaba ya en camino por el corredor -.Mathilda, cariño ¿Estás bien?
     -Si -respondí de inmediato -Ha sido solo... una pesadilla.
     -Oh -exclamó ella.
     Yo asentí. Kalyie no solía tener pesadillas, tampoco Klane, ellos podían cuidarme y protegerme de casi todo, menos de mis pesadillas.
Me interrogó con la mirada por unos segundos, yo no podía resistir mucho tiempo.
     -Fue por el libro - le confesé. Me sentí muy apenada.
     -Oh, Mathilda -estrechó mi cabeza hacia su pecho y yo la abrazé con ambos brazos. En pocos segundos llegó Klane.
     -¿Qué pasó? ¿Están bien? -llegó preguntando, Kalyie asintió con la cabeza, yo hice lo mismo.

León...

     Aquella había sido una noche larga, y al día siguiente tenía que ir a la escuela. No era como las escuelas de los humanos, a las cuales Mathilda había huido tanto. en esta, todos los maestros al igual que los alumnos eran almas, sabía que no tenía que temer si no a los humanos.
     Aun que mi escuela era segura, era también hasta cierto punto más aburrida. Los maestros por lo general habían sido arañas en su vida pasada y poseían un conocimiento casi infinito, hasta donde pudieron conservar los recuerdos, pero eso también los hacía fríos y calculadores.
     Sin embargo, siempre había bueno de ir a la escuela. Todo el tiempo nuevas almas transitaban por los corredores, era genial verlas, con sus sonrisas tan radiantes todas, me hacían recordar los primeros días de mi inserción y mis primeros días de escuela.

     Pero mi mente me jugaba bromas pesadas. Sentía como una mirada gris, extraña se posaba en mi a la hora del almuerzo. Cuando volteé en la dirección de la mirada, que era hacia una red de metal orientada hacia el exterior no había nadie ahí, no al menos alguien que me estuviera mirando.
     Llegando a la casa Kalyie me esperaba casi al margen de la puerta. Me había insistido que de camino a la casa acudiera a un confortador, pero yo le había asegurado de que todo estaba bien. Al parecer aun no estaba convencida.

     -Sigues aflijida Mathilda -afirmó cuando crucé el humbral de la casa -Anoche te dormiste en mis brazos sin más y no pudimos hablar de esto ¿A que dijiste que se debía la pesadilla?
    -Al libro -le repetí, aun apenada.
    -Hum... ya veo. ¿Terminaste de leerlo?
    -Si -.Asentí aun con la cabeza.
    -¿Y en que termina?
     Sabía que no quería que yo volviera a revivir el horror de mi pesadilla, pero me conocía y sabía el tiempo que yo tardaba en hacer, sin escalas, hasta la casa. Sabía que yo no había ido a donde un confortador. Ella tendría que hacer el trabajo.
     -León muere -sollocé.
     No tenía que explicarle quien era León, no me había esforzado, ni siquiera había intentado esconder mi fascinación por ese excitante personaje que me había cautivado tanto desde las primeras hojas de su aparición, la única razón por la que habría querido ver la película habría sido él. Aun que el libro era extenso en sus descripciones, me sorprendía a mi misma imaginándome su rostro detrás de mis parpados. Nariz aguileña, rasgos marcadamente italianos, mirada profunda...
Mirada profunda.
Kalyie volvió a abrazarme, esta vez no lloré, lo abrumador había pasado en la noche, pero le devolví el abrazo esperando que supiera que yo en verdad estaba bien.
     Y no es que mintiera, simplemente la muerte de León me daba mucho en que pensar. Una de las preguntas en las que me concentré fue "¿Si León no hubiera muerto, habría amado a Mathilda como mujer?
Me habría amado.
     Yo encajaba perfecto en el papel, hasta cierto punto. Yo jamás mataría a un hombre, por más cruel que este fuera, y ahí radicaba la mayor diferencia. Yo me llamaba Mathilda, ese había sido mi nombre desde la inserción, yo era pequeña pero alargada para mi edad y tenía el mismo corte de tazón invertido, otra de las razones por las cuales había seguido con el libro a pesar de la brutalidad que se habría paso entre las lineas. De alguna forma yo era Mathilda. Y si no la era, por lo menos me sentía como ella.
     No me sentía cómoda con esa situación, estaba claro que no nos parecíamos en mucho más que la apariencia, pero por primera vez sentí algo que me inquietó y para lo cual tenía que estar preparada, pero descartaba por la naturaleza de esa filosofía.
     Como parte ajena a este cuerpo tenía que estar preparada para sus reacciones separadas de las mías, algo que hasta a los humanos les pasaba, según nos decían los primeros. Al parecer a este cuerpo le gustaba  pensar que era esa Mathilda. La emoción, que me abarcaba cada vez que pensaba en esa posibilidad, era algo que a mi cuerpo le gustaba experimentar, aun que yo desechara la idea tan pronto la concebía. ¿Como podría yo matar a alguien a sangre fría? ¿A caso no era eso imposible?
     Pero todo cambio, en cuestión de semanas ya había soñado con León más de una vez, sueños siempre anhelantes, y llenos de nostalgia. Despertaba en veces de madrugada gritando o sollozando su nombre. Kalyie insistía en que hablar de esto era la mejor solución, y lo hacíamos con frecuencia, pero las cosas no mejoraban.
     Quería verlo, quería ver a ese humano, asesino a sueldo, del que me había enamorado, por que al fin y al cabo gran parte de esto se debía a mi cuerpo y el montón de hormonas que empezaba a expedir ¿Y la otra parte?

     No sabía que tan peligrosa se había tornado esta clase de obsesión -nada comparada a las obsesiones humanas naturales- hasta que comencé a verlo, cerca de la escuela, donde percibía la mirada  en la cerca de alambre. Merodeaba por los alrededores de la escuela aun que no parecía fijarse solamente en mi. Temía estar alucinando, pero ¡se parecía tanto! Aun que solo lo mirara de lejos.
     Me convencí a mi misma de que era mejor olvidarlo, dejarlo pasar y concentrarme en otras cosas, aun que mi cuerpo parecía tener vida propia en ésto haciendo de todo por intentar encontrarlo, hasta que finalmente, lo encontré.
     Parecía desorientado frente a la puerta de la escuela, parecía incluso querer pasar inadvertido. Mi mente le echó una repasada a su aspecto, todo estaba ahí: Su cabello, su nariz de puente largo y encorvada hacia dentro, su rasgo italiano, y su mirada profunda. Solo había una cosa que no encajaba por completo y era la edad, en lugar de parecer de unos cuarenta y muchos parecía de unos veinti pocos. Pero ahí estaba, sin ninguna luz plateada dentro de sus pupilas que pudiera romper el cuadro.

Mi León... ¡Está aquí! ¡Mi león!

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